
PRIMERAS PALABRAS
No tengo mesa de velador. La mesa de velador con su torre de libros más o menos manoseados corresponde a una imagen simbólica de aquél que simplemente se caracteriza por ser un lector desordenado. Esa imagen me parece que es, sin embargo, un trillado lugar común. Por otra parte, un dormitorio medianamente corriente es impensado en carencia de tal mueblecillo (se me viene a la mente las piezas de los presos más privilegiados, el dormitorio de una monja de claustro, hasta en los hospitales es posible ver a estribor o babor del convaleciente algún mueblucho de lata más o menos rectangular). Mi dormitorio no posee velador. Es así como los libros (mucha baratija, nada del otro mundo, cero Anagrama, cero El Acantilado ni reliquias inencontrables, salvo una) se van acumulando por partes disímiles, constituyendo finalmente un desorden que en cierto momento alguien me lo explicita.
No sé qué estaba pasando, pero hasta hace poco tiempo creí que el desorden físico que me rodeaba me estaba llevando a una extraña pasividad de espíritu. Sin embargo, ha aparecido un personaje que me vino a dar vuelta los argumentos. Su nombre: Ignatius J. Reilly. Físicamente es muy parecido a un mítico profesor de matemáticas del Colegio San Luis de Antofagasta, el Otto. El personaje (el del libro, no el profesor... por ahora) no se merece una aproximación tan apresurada, por lo que dejaré hasta aquí mis alusiones a él.
El libro aún no lo termino, falta poco y eso nunca es grato cuando los libros se dejan devorar a fuerza de puro talento en su escritura. Es tarde, para variar por estos días.