
La carga emotiva que para mí tiene Víctor Jara es realmente fuerte. Me emociona siempre.
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Teniendo oportunidad de ver o escuchar a Víctor en estos días 'post mortem augustus' no lo hice. Quizá porque era demasiado fácil embardunarse con el espíritu que producían los acontecimientos, decidí alejarme de todo aquello por la mera sospecha de realizar un mal acto.
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Confieso que igual caí en la risa con la infaltable talla ad-hok lanzada en cualquier parte, que me reí con la creatividad con la que el chileno enfrenta el mundo que no sabe enfrentar, que me pegué al televisor sorprendido por lo que decían que ocurría, sorprendido de aquello que entre sombras lanza su zarpaso, la división que aún se mantiene en Chile.
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Confieso que agarré la bicicleta y pasé mirando y sintiendo entre medio de la gente que sufría y gritaba y amenazaba y lloraba apostada fuera del Hospital Militar y lo mismo hice después, unas cuadras más abajo, entre los que cantaban y bailaban y brindaban y reían desde Plaza Italia hasta la Moneda. Qué dolor, qué miedo y pena sentí al ver los rostros de los primeros y qué regocijo y algarabía me proyectaron los segundos.
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Sin embargo, no me sentí cómodo observando ninguno de los dos grupos.
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En lo personal, me hubiera gustado inventar un grupo diferente. No una absurda mezcla entre las pasiones de los adherentes y las de los contrarios a Pinochet, sino todo lo contrario. Otro. En otro estado de consciencia.
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Me faltó un grupo sufriente y pensante de personas en las calles asistiendo al macabro espectáculo de la injusticia. De nuestra incapacidad de hacer justicia. Me faltó aquel grupo que en la muerte de Pinochet genuinamente se lamentara por las ilusiones de nuestra democracia. La democracia -bueno es recordarlo- hecha a la medida de Pinochet y su impunidad. Me faltó aquel grupo que no se burlara de la desgracia de sus adversarios tal como lo hicieron el '73 los hoy sufrientes. Me faltó el grupo que llorara no de pena porque el Tata se murió y se fue al cielo ni de alegría porque el tirano había caído lléndose al infierno, sino el grupo que llorara por sí mismo. Así de simple. Me faltó el grupo que llorara de vergüenza, el grupo de los frustrados, de los incómodos con su sociedad, de los inconformes. El grupo que tomara la muerte de Pinochet como enorme espejo de la propia derrota y de su circunstancia.
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No existió ese grupo ni fui capaz de generarlo. Empiezo ahora? El que quiere me sigue.
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Teniendo oportunidad de ver o escuchar a Víctor en estos días 'post mortem augustus' no lo hice. Quizá porque era demasiado fácil embardunarse con el espíritu que producían los acontecimientos, decidí alejarme de todo aquello por la mera sospecha de realizar un mal acto.
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Confieso que igual caí en la risa con la infaltable talla ad-hok lanzada en cualquier parte, que me reí con la creatividad con la que el chileno enfrenta el mundo que no sabe enfrentar, que me pegué al televisor sorprendido por lo que decían que ocurría, sorprendido de aquello que entre sombras lanza su zarpaso, la división que aún se mantiene en Chile.
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Confieso que agarré la bicicleta y pasé mirando y sintiendo entre medio de la gente que sufría y gritaba y amenazaba y lloraba apostada fuera del Hospital Militar y lo mismo hice después, unas cuadras más abajo, entre los que cantaban y bailaban y brindaban y reían desde Plaza Italia hasta la Moneda. Qué dolor, qué miedo y pena sentí al ver los rostros de los primeros y qué regocijo y algarabía me proyectaron los segundos.
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Sin embargo, no me sentí cómodo observando ninguno de los dos grupos.
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En lo personal, me hubiera gustado inventar un grupo diferente. No una absurda mezcla entre las pasiones de los adherentes y las de los contrarios a Pinochet, sino todo lo contrario. Otro. En otro estado de consciencia.
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Me faltó un grupo sufriente y pensante de personas en las calles asistiendo al macabro espectáculo de la injusticia. De nuestra incapacidad de hacer justicia. Me faltó aquel grupo que en la muerte de Pinochet genuinamente se lamentara por las ilusiones de nuestra democracia. La democracia -bueno es recordarlo- hecha a la medida de Pinochet y su impunidad. Me faltó aquel grupo que no se burlara de la desgracia de sus adversarios tal como lo hicieron el '73 los hoy sufrientes. Me faltó el grupo que llorara no de pena porque el Tata se murió y se fue al cielo ni de alegría porque el tirano había caído lléndose al infierno, sino el grupo que llorara por sí mismo. Así de simple. Me faltó el grupo que llorara de vergüenza, el grupo de los frustrados, de los incómodos con su sociedad, de los inconformes. El grupo que tomara la muerte de Pinochet como enorme espejo de la propia derrota y de su circunstancia.
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No existió ese grupo ni fui capaz de generarlo. Empiezo ahora? El que quiere me sigue.
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FOTO: Joan Brossa. "La memoria del temps".
