martes, marzo 13, 2007

Manga de Reclamones


Mientras construían el Metro y la alameda parecía presa reciente de varias bombas de racimo todos reclamaban.

La locomoción pública de esa época no tenía ninguna fiscalización, los exámenes técnicos eran irrisorios. Una de las cosas que más me acuerdo era que llevaban sus ominosos tubos de escape a nivel del suelo, contaminando las veredas, matando más gente, haciendo más grises los inviernos. La gente también reclamaba.

Recuerdo claramente haber escuchado un reclamo cuando obligaron a todas las micros a tener la salida de gases verticales en la parte trasera, hacia las nubes. La persona dijo: "ahora el humo va a formar smog más rápido al irse directo al cielo".

Cuando surgen las micros amarillas con miles de numeraciones de más de dos dígitos y de recorridos laberínticos, todo el mundo reclamó.

Antes de las micros amarillas, en el tiempo del tubo de escape a ras de suelo, las
micros eran de distintos colores, con variedad de carrocerías, marcas, años. Tengo un recuerdo de ellas: debo haber tenido menos de un lustro de vida e íbamos de regreso a casa con mis papás. La micro era de color verde, asientos de cuerina rasgados, sucios, respaldos rayados con signos inentendibles aún para mí. Íbamos los tres sentados en una de esas estrechas butacas. Del chofer, sólo podía observar que era gordo, tenía la camisa celeste sudada en la espalda, gesticulaba hacia el exterior, luchaba contra la máquina. El ruido dentro de ese armatoste era infernal. Debe haber sido cerca de las ocho de la noche en aquellos tiempos de toque de queda. Subiendo por Bilbao hacia Alcalde De La Lastra, el chofer aceleraba el motor de la máquina casi hasta hacerlo reventar antes de pasar el correspondiente cambio. El embrague sin mantención hacía chirriar la caja de velocidades en cada arremetida. Bocineaba ferozmente frente a cualquier vehículo que intentara cruzarse en su camino. La velocidad que alcanzaba en momentos para mí superaba lo imaginable para ese ataud de fierro maloliente. Y yo también reclamé, llorando silenciosamente escondido entre mis padres.


Hoy, como costumbre histórica, todos reclaman frente al cambio en la locomoción pública. Más de algún niño, como yo hace más de veinte años, ha reclamado de la misma forma mientras es estrujado por la masa transportada. Reclaman las viejas. Reclama el chileno medio, el vivaracho que cree sabérselas todas argumentando sólo con clichés infantiles, inmaduros, irracionales. Le echa la culpa a Zamorano, a Navarrete, a Bachelet, a Espejo. A los empresarios, al gobierno, a los antiguos gobiernos.

Le echa la culpa al empedrado. Los responsables de todo somos todos. Reclamamos sin crítica. Nunca fuimos capaces de exigir con propiedad que nos respondieran los empresarios de las micros amarillas por el robo que nos hacían con su servicio. Con sus máquinas contaminantes, ruidosas, sucias, peligrosas, miserables. Hoy en día, como dijo la crónica de un matutino, hasta Zamorano tiene la culpa de los agarrones que siempre han existido y que antes no tenían responsable alguno. Patético.

Me carga el reclamo. Me encanta la crítica. Critico no cualquier reclamo, sólo el sin argumento digno de respeto. El reclamo, como lo mal utiliza la masa, corresponde a la sexta acepción que tiene esta palabra según la Real Academia. La crítica que me gusta a mí, corresponde a la octava acepción que le da la RAE a la palabra 'crítica'.

sábado, marzo 10, 2007

No se teme el hombre en el otro

El hombre cree en los hombres y después no, pero cree en sí mismo por momentos.
El hombre suda trabaja cree y sigue sudando los otros lo ven le sonríen él golpea y agrada porque crea.
Se diferencia del estigma porque no agrede sino violenta y recuerda palabras rokhianas donde el hombre destruye y crea destruyendo.
Otros hombres también golpean pero agreden y he ahí la diferencia, dicen que la violencia es parte de la naturaleza. El hombre, este hombre, dice que no porque la naturaleza es violenta pero jamás agresiva.
Ergo de esta razón, es agredido.
Cae el hombre y se desconfirma desde el otro.
El hombre desea levantarse sabiendo que lo hará.
Desde abajo, mira el mundo. Otros ríen.
El hombre busca semejantes en su cabeza y los encuentra con esfuerzo mnemotécnico.
Antes, eso sí, llora.
Húmedo, se levanta, un pie y el otro lo mismo, camina por los suelos.
Solo.
Aún escucha risas y en su cabeza las ve sardónicas.
Busca un concepto a modo de muleta.
Ignominia. Ominoso también y además no le sirve.
Quiere ser él por lo mismo otro.
Busca su nombre: otro que sea él mismo.
Se refleja en Matías Gali, matíasgali, galimatías (
Lenguaje oscuro por la impropiedad de la frase o por la confusión de las ideas)
Sí.
Se clarifica y desbautiza.
No es nombre sí idea.
Habla por Radrigán, se alimenta: Un hombre frente a un hombre no es más que un hombre.
Los ve aún en risas, desde su rincón.
Se ve a sí mismo: es un hombre, un toro tragando arena mientras respira.


domingo, marzo 04, 2007

A la caza de Murakami


Un ejemplar explicitaba que había nacido en Tokio. Tomé otro y leyendo la reseña de la contratapa decía que no había nacido en Tokio, sino en Kobe. Raro. Tomé otro libro suyo y esta vez informaba que su lugar de nacimiento había sido Kioto. No podía creer tanta desinformación de aquellas editoriales españolas que en Buenos Aires mismo me habían cobrando un ojo de la cara por sus novelas. Tomé otro de sus libros y esta vez sí se repitió una de las ciudades, aunque con un pequeño cambio de letra: en vez de Kioto decía Kyoto. Todas, eso sí, concordaban en que Murakami había nacido treinta años antes que yo.

Mientras revisaba el correo me acordé del misterio de la ciudad natal y todo evidencia a lo siguiente: Haruki Murakami habría nacido en Kioto, pero al poco tiempo se traslada a Kobe con su familia donde vive su infancia y juventud. Luego, siguiendo los pasos de sus padres (ambos profesores de literatura), se inscribe en la Universidad de Waseda en Tokio. Se supone. Digo 'se supone' porque nuevamente hay una discordancia en la información que entregan las contraportadas. La mayoría se une a la idea de que estudió licenciándose en literatura, pero una de ellas dice que en verdad estudió teatro clásico griego. A mí me suena que se licenció en literatura quizá con alguna investigación o tesis sobre el teatro clásico griego o la dramaturgia de ese tiempo. Vaya a saber uno. Estoy leyendo La Caza del Carnero Salvaje editada por Anagrama. Esta novela fue publicada originalmente en 1981, fecha en la que Murakami dirigía un Club de Jazz. El Club de Jazz murió con el nacimiento de esta novela, ya que recibió el Premio Noma para nuevos narradores y de ahí se sumergió a tiempo completo en las letras.

No sé si leer todo lo que me traje de él de una sola vez o si leer Murakami por medio. Tengo harto material para pimponear. Todo bastante bastante pop. Pamuk se ganó el premio Nobel el año pasado y todo apunta a que me traje una de sus mejores novelas, tengo dos de Kawabata que se lo había ganado bastante tiempo atrás, creo que en el '68. Dos más de Coetzee quién se lo ganó el 2003. Murakami no se lo ha ganado pero lo más probable es que en un tiempo más se lo den. Lo mismo podría ocurrir con Philip Roth. Con Camilleri puede que esté más difícil la cosa, pero al parecer su Salvo Montalbano la está rompiendo en todos lados. Ojo, Andrea Camilleri debutó como novelista a la edad de 53 años. Me cae bien por eso. Cheever no se lo ganó, mientras escribía entre el alcohol y la distimia.

Tengo, como muchos, una relación ambivalente con respecto al Nobel. Por un lado sabemos que ha sido al menos digno de sospecha en algunas oportunidades. Muchos de sus ganadores nunca fueron mundialmente reconocidos por su obra. En lo superficial, alimenta todo ese mundo copuchento y cahuinero de los escritores, dando pie a grandes (, o no tanto,) discusiones sobre el merecimiento de tal galardón, lo apitutado que estaba este otro autor, lo mediocre o fantástica de la obra de aquél, etcétera etcétera. A pesar de todo, lo quiera uno o no, también me involucro y entusiasmo con los nombres que están sonando, con las historias de aquellos escritores de países lejanos y casi desconocidos que sin embargo han fraguado obras monumentales. Porque finalmente de eso se trata para mí, y creo que de eso debiese tratarse el asunto. De las letras impresas que al leerlas, hacen de nosostros, tan comunes y tan corrientes, mejores personas.