jueves, diciembre 22, 2005
jueves, diciembre 01, 2005

A JUAN ENCINA ESPINOZA
Viernes 25 de Noviembre: Ese día llegué al cuartel como un cuarto para las cuatro. La B-2 había salido a la alarma de incendio forestal que se había dado en el Cerro Renca. Tomé una micro y me dirigí con ciertas dudas hacia aquel sector donde nunca antes había estado. Me bajé como a cuatro cuadras de la ladera del cerro, uno de los tantos focos de incendio. Los segundinos estaban trabajando un poco más arriba del cerro, en un sector que ya lo habían controlado.
Pasó un buen rato, hasta que el Comandante a cargo nos dio retirada. Pasamos a un grifo a llenar nuevamente el estanque de la B-2 y por radio fuimos informados que debíamos acudir en clave 0-11 al cuartel de la 21 compañía, esto significaba que teníamos que cubrir su cuartel mientras B-21 seguía trabajando en el mismo incendio. La noticia fue tomada sin mucho ánimo, ya que se deseaba llegar pronto a nuestro cuartel con el fin de estar más cómodos, luego de un duro trabajo en el cerro bajo el sol. Sin embargo partimos a cumplir la orden que se nos había encomendado. Llegando al cuartel de la 21 compañía, ubicado a algunos metros de la plaza de renca, fuimos recibidos por su director, quien nos brindó un excelente trato, ofreciéndonos bebidas y más comodidades.
Poco más de una hora después, llega B-21 a su cuartel que en ese momento se encontraba resguardado por nosotros. Habían terminado su tarea en el cerro y nos despedíamos cordialmente de ellos, mientras nos aprontábamos a dirigirnos a nuestro cuartel.
Nos esperaba un ejercicio de compañía, el cual comenzó puntualmente a las 20 hrs. Se trataba de una interesante exposición sobre el trabajo realizado por un grupo de psicólogos en torno al tema del stress laboral. Cuando el ejercicio llevaba cerca de media hora de desarrollo, comienzan a sucederse informaciones radiales que nos comenzaron a dejar cada vez más perplejos y expectantes. La atención antes prestada al ejercicio ya no era la misma en nuestro Salón de Sesiones, hasta que llegó el momento en que un voluntario pidió con cierta angustia si nuestro capitán podría informarnos sobre las noticias que ya intuíamos y lamentábamos. Nuestro capitán nos pidió que nos pusieramos de pie y que guardáramos un minuto de silencio. Con la voz afectadísima y con gran pesar espiritual, nos informaba que un nuevo martir tenía nuestro Cuerpo. La B-21 y sus voluntarios, poco después de haberse despedido de nosotros, había salido a un nuevo llamado en el mismo cerro. Queriendo alcanzar los focos ardientes que se encumbraban altos, el terreno del camino cedió, haciendo desbarrancar cerro abajo el vehículo y los voluntarios que lo tripulaban.
El capitán pidió que, dadas las circunstancias, el ejercicio fuera interrumpido. Con las imágenes de aquella reciente despedida entrechocándose en nuestro interior, fuimos saliendo uno a uno del Salón sin poder abarcar desde la imaginación lo que la realidad nos presentaba. Caras sonrientes y cansadas, llenas de la satisfacción de haber cumplido con el destino de sus voluntades, nos habían despedido poco más de una hora antes. Rostros que en esos momentos estarían sin duda reflejando otros sentimientos, pero el mismo sentido profundo.
Apenas atravesé el umbral del Salón de Sesiones, caen en su zarpaso los timbres de la Segunda "Esmeralda". Corrí escalas abajo junto con cinco segundinos más para zarpar con la B-2 hacia el destino que ahora era el nuestro. Vistiéndonos y preparándonos para enfrentar lo que viniese con el temple que nos construíamos en silencio. Puedo aseverar que esa mueblería en llamas fue finalmente extinguida de manera distinta, y es que sin duda fue exinguida con más orgullo que agua, con el trabajo profundo y radical de estar dedicando aquella labor a quienes de nuestras mentes no se apartaban, a los voluntarios veintiuninos que en ese momento nos acompañaban en el pecho.
Ese día aprendí que el espíritu segundino tiene que ver con una visión. Este tipo de circunstancias se enfrentan con dos cosas: con Hombría y con Sensibilidad, tal como nosotros, los bravos segundinos, respiramos la vida.
miércoles, noviembre 09, 2005
viernes, noviembre 04, 2005
jueves, octubre 20, 2005
A eso de las dos de la tarde del día de ayer me llaman al celular para avisarme que se había dado la alarma de incendio en el sétimo cuartel, donde una mueblería se estaba quemando. En ese momento estaba ocupado en una reunión impostergable. Mi intranquilidad hizo apurar el término de la reunión y partí rápidamente hacia Fray Camilo Henríquez con Argomedo.
viernes, octubre 14, 2005
????????(sic)Es realmente difícil encontrar sentencias más ciertas para el pragmatismo de las emociones que la contención de lo erótico y lo thanáthico en el ser humano. La muerte se contiene en el amor así como el amor se sustenta en la muerte, son contrarios que en falta desaparecen. Van unidos, cuando uno falla el otro lo supera. Uno puede matar de amor o de amor muriendo se puede desaparecer, el ars moriendi pasa necesariamente por una exhaustiva experiencia del eros. Esto es lo que conforma la gracia (y su contrario, por lo tanto su sustento: la miseria) del hombre. Todo anuncio de polaridad trae su sombra clavada a la espalda de la dicha desbordada. Un exceso de muerte por la circunstancia enfrentada trae de sombra una experiencia de amor que en el desdichado inflama su pérdida. De esta forma se fue Esenin. La gota que rebalsó el vaso del poeta enemistado con su entorno fue la pérdida del amor: Isadora Duncan. Lo mismo cinco años después con Maiacovski (aunque por gracia de otra mujer, dicen).
Las palabras sólo retardan los finales de nuestras cotidianas (des)gracias... “Un aire, un aire, un aire, / un aire, / un aire nuevo: / no para respirarlo / sino para vivirlo.” Así Rojas y sus palabras quien, como cualquiera, no sabe qué se ama cuando se ama, como cualquiera al mismo tiempo sigue amando. El amor acalla las palabras, las hace innecesarias: “No puedo hablar, me quemaste la lengua con tus caricias, no puedo hablar. . . ¡y mi alma está ardiendo, ardiendo, ardiendo cual una gran ciudad otoñal incendiada por el sol enorme!... ...” (Pablo de Rokha).
El dolor el dolor el dolor. “¿piensas que hablo / por mi herida? / ¡y por dónde / quieres que hable?!" (C. Bertoni). El momento en que tragar saliva sabe a tragar una rama de árbol seca.
Por otro lado, dijo de Winett “Contigo el pánico florece y las tristezas dan frutos dulces” (Pablo de Rokha). Subvierte lo real, como dijo Nietzsche “el amor es aquel estado en que el hombre ve, la mayoría de las veces, las cosas como no son.”
En palabras de Dante “Quien sabe de dolor, todo lo sabe”.
Es interesante observar que en ocasiones ni la muerte puede sobrepasar al amor cuando se ha construido una relación por años, una de las experiencias más fuertes en poesía acerca de ese trance del vivir al morir de la amada lo ha producido Armando Uribe Arce con el siguiente poema:
"Se le pusieron pálidas las manos,
lívido el rostro, leve el soplo,
los labios entreabiertos sin aliento,
casi indecisos –siento
que imperceptiblemente amamos
lo que se va. Pero yo me le acoplo."
El grito final silencioso a la memoria de la amada, conducente, producente inmanente a la muerte que camina por su rostro, al golpe final y trágico como todo final:
"Muero de amor por una muerta
divinidad humanizada
por mí, que ahora yace yerta.
Me quiere no me quiere nada.
La quiero aunque sea esqueleto
con la carroña alrededor.
A sus pies seré roedor
puñado de cenizas feto."
Otro poeta que vivió el calvario mortal de la partida de la mujer amada es Pablo de Rokha, quien le dedica en su particular lenguaje versos cargados del dolor que horada su existencia, versos de una de las presencias más grandes del retrato del dolor por la pérdida de la amada:
"...ahora la aurora
no volverá a asomar más,
y los mundos obscuros,
entrechocándose,
rodarán, conmigo adentro,
a la soledad enfurecida.
Degüello mi lenguaje a tus pies y me arrojo
como un toro obscuro y desnudo
contra la nada."
domingo, octubre 09, 2005
jueves, septiembre 29, 2005

PRIMERAS PALABRAS

