lunes, julio 31, 2006

Desde esta orilla

Su abuelo oyó el grito de aquella frase, volteó la cabeza buscando a su nieta y el resplandor lo encegueció.
A los 11 años de edad, aquella pequeña niña kurda conocía ya profundamente las injusticias y el sufrimiento que su pueblo llevaba a cuestas desde el fin de la Primera Guerra Mundial. En ese tiempo, el Kurdistán entero fue eliminado de los mapas, repartiendo su territorio entre Siria, Irak, Irán, Turquía, Azerbaijan y Armenia, siendo desterrados y exiliados todos sus habitantes en su propio país.
Aquel viejo dijo sentirse el hombre más orgulloso de su pueblo, al haber tenido la oportunidad de conocer a una persona con el coraje de su nieta. Mientras la niña gritaba "Justicia por el pueblo kurdo en la recuperación de sus tierras!!!", se prendía fuego en medio de la muchedumbre. Esto pasó hace cinco años atrás.
Hace dos días se perpetró el más brutal ataque israelí en territorio libanés del último tiempo, dejándo 54 muertos, 37 de ellos niños.
Hace cuatro meses atrás, la jóven norteamericana Rachel Corrie fue aplastada por un bulldozer israelí cuando intentaba detener la demolición de una casa con habitantes palestinos en su interior, en la franja de Gaza.
El pasado 14 de Julio mientras celebraba mi cumpleaños, un ataque israelí bombardeaba los depósitos de petróleo de la central eléctrica de Jiyé, al sur de Beirut, derramándose al mar más de 15 mil toneladas de combustible. Se estima que es la mayor catástrofe ecológica que ha sufrido el mediterráneo en su historia. "No sólo se matan civiles, no sólo se destruyen infraestructuras, sino también se destruye el medio ambiente" -afirma Green Line, la asociación ecologista libanesa. Lo peor de todo es que no se pueden hacer esfuerzos por controlar la catástrofe ambiental mientras continuen los bombardeos.
Aparte del daño marítimo, el incendio de los depósitos generó una polución atmosférica de tales dimensiones que llegó a cubrir completamente Beirut.
Después de estas escenas, no me queda otra que recurrir a Mahfud Massís, poeta chileno, heredero por sangre de la mejor literatura árabe y del desenfado de quién por historia se ha rodeado de belleza y espanto.
Te canto, Libia, con mi voz de desterrado,
esta canción de los mendigos,
de los desheredados,
de los desaparecidos
en el jardín alucinado de la muerte,
de aquellos a quienes cortaron la lengua durante la noche,
de los vaticinadores, de las putas tristes
que beben ron a la hora en que sollozan
los pájaros.
(...)
En el nombre de América devoro
este puñal de sal,
me lleno de tabaco la lengua.
Pero escucho,
en lo obscuro y tenaz, un costillar que se raja en la tormenta,
a alguien que hace preguntas como HASTA CUÁNDO y POR QUÉ
en tanto
los ojos gotean sangre
en un ánfora negra como el ultraje.

martes, julio 11, 2006

Ni mucho arameo ni algo de jerigonza


Hace 134 años, el capitán inglés Richard Francis Burton emprende la traducción de Quitab alif laila ua laila, más conocido como "Las mil y una noches". Desde hace casi doscientos años antes ya habían surgido famosas traducciones de la obra, fundamentalmente desde el francés donde destaca el trabajo del arabista Jean Antoine Galland que es -en opinión de Borges-, palabra por palabra, "la peor escrita de todas, la más embustera y más débil" y que paradógicamente al parecer fue la más inspiradora o la mejor leída en términos de asombro en el siglo XVIII.
A partir de aquella dulce y conocida traducción francesa se hicieron muchas otras.
Hablo desde el anacronismo.
Tengo 26 años a comienzos del siglo XXI.
Irak, espacio físico de muchas de aquellas mil historias y una, está siendo bélicamente bombardeado desde hace unos años y yo estoy en Santiago de Chile sin intervenir mayormente. Ni siquiera menormente.
Sin embargo comienzo esta disgresión con Richard Burton desde otro lugar, debido a que se sabe que éste soñaba en diecisiete idiomas y por lo menos dominaba treinta y cinco, entre dravidios, indoeuropeos, etiópicos (cuántos resabios de sentido habrá en aquellas melodías etíopes de "Flores Rotas", último film de Jarmusch).
Siento que me enfrento a una inmensidad que ahoga. A mí que en las letras me gusta abarcar caigo en la cuenta que debo sólo sonreír ante mis inquietudes. No tengo la patudez de considerarme bilingüe, aunque poco o algo entienda de otros idiomas. Por conversaciones, sé que tampoco llega a ser nada tan del otro mundo comprender medianamente otras lenguas. Pero es que imaginar que en medio de un sueño me sorprendo buscando la raíz latina de un sentido para expresar lo que deseo o lo que siento frente a la incordura de lo onírico, caigo en la cuenta de la falta. Hace un año estudié algo de griego antiguo y puedo decir que, en algún sentido filosófico, me hizo ver el mundo de una manera sutilmente diferente.
Sentimos-Pensamos -> imágenes-palabras => ordenamos ==> "vemos"
Mucha gente ha jugado con esto en el tiempo.
¿de eso se trata finalmente?
Sonrío y después no, pero de a poquito.

sábado, julio 01, 2006

LA LETRA CON SANGRE ENTRA (y al revés)


Les presento al señor Cassiano de Imola, por si ustedes no lo saben, patrono de los profesores.
La historia es bien particular, trágica y perversona.
Resulta que este señor efectivamente estaba a cargo de la educación de una tropa de, en palabras de Freud, perversus polimorfus. Los niñitos en cuestión escribían en aquella época no sobre impecables cuadernos con espirales multifuncionales y variedad de gramajes y tonalidades de papel como ahora, sino en cosas más bien parecidas a las "croqueras" de los Picapiedras. En honor a la verdad, no eran piedras propiamente tal sino cubiertas de madera encerada. Bueno, la cosa es que para escribir sobre aquellas tablitas los educandos de la época utilizaban los llamados "estilos", de donde deriva mi palabra favorita para referirme a los lápices, específicamente a las plumas: estilógrafos.
Los estudiantes del profe aludido (profesor de gramática y taquigrafía según el poeta Prudencio) recibían con rigor, quizá mejor dicho con fiereza, las distintas materias que el "programa" indicaba tenía que impartir nuestro maestro don Cassiano. No he podido llegar a una idea acabada, con el suficiente convencimiento, sobre la real conducta de los cabros. Me surgen dos alternativas: o eran unos hijos del mismísimo Satanás y hacían samba canuta las clases del maestro, o quizá por otro lado el mismo profesor tenía una sensibilidad demasiado exacerbada hacia la disciplina, el próspero aprendizaje, las buenas maneras y costumbres. Sea cual haya sido la situación real vivida en aquellas "aulas", la evidencia histórica contenida en la literatura sobre Cassiano lo muestra como un tipo bastante duro en su trato. Los castigos que Cassiano, hombre de poca paciencia al parecer, ejercía sobre sus alumnos eran de una rigurosidad explícitamente dolorosa, por decirlo de algún modo. O sea, les sacaba la cresta a los cabros cuando éstos no respondían a sus expectativas académicas.
Un día, bendito para unos y cruel para el otro, cansados de los abusos que el profesor les propinaba casi con crueldad, los estudiantes se confabularon para atacar al representante del magisterio. Imagino a Cassiano llegando como cualquier día jueves a la sala, sin presentir la cosecha que recibiría de lo sembrado. Estoy viendo a aquellos niños (que para mí en la imagen expuesta no superan los ocho o diez años a lo sumo) avalanzándose en patota sobre el pálido de Cassiano, atontándolo un poco con una que otra patada o puñete, para luego amarrarlo a una de las columnas del colegio. Es entonces donde la crueldad aparece brillando desde la más tierna infancia. Con ojos revanchistas y aún lamentándose de alguna pateadura académica cercana en el tiempo, veo a los primeros niñitos empuñando sus puntiagudos estilos (recuerden que el "lápiz" tenía que surcar con su filo la madera), acercándose al profe con el ánimo de ocuparlo de cuaderno.
Y así lo hicieron.
Cassiano de Imola muere a causa de los esmerados dibujitos hechos en su cuerpo por sus niños, y es elevado a nivel de santo por el mérito de llegar al martirologio como colador, en cumplimiento de la evangelización de esos demonios chicos.
Fin de la historia, pero ojo, si ven pasar por fuera de un colegio uno de aquellos tradicionales Afiladores de Cuchillos con su pito tocando como agüita que corre, encomiéndense a Cassiano y no se pierdan el noticiero de la noche.