jueves, diciembre 22, 2005

QUÉ DIRÍA SÉNECA DE TODO ESTO

¿Cuánto tiempo lleva trabajando en esta librería? Su respuesta fue seca, como su mirada y su actitud casi despreciativa con el consultante: "Más de cuarenta años".
Mis caminatas por el paseo Bulnes en estos últimos años se motivaban, en lo principal, en la posibilidad de aprovechar los porcentajes de descuento que tenía en la librería de Fondo de Cultura Económica, ubicada en Paseo Bulnes esquina Tarapacá, a pasos del Normandie. Sin embargo, cierto día encontré en el número 245 de dicho paseo, una librería con libros y descuentos bastante interesantes. Desde fuera se veía una vitrina con los libros en oferta, una vez adentro, dos mesones con ediciones a dos mil y tres mil pesos. Al fondo a la izquierda, donde se divisaba una escalera que conducía al subterráneo, libros a mil pesos. A la entrada a la derecha, libros varios de buenas editoriales.
Su aspecto era poco amigable. Delgado, pelo cano y bigotes. Actitud de desconfianza permanente hacia las nuestras. Siempre me han llamado la atención, al igual que en un libro por ahí, aquellos personajes que haciendo su trabajo tienen actitudes de desprecio hacia la gente. Por ejemplo, en ciertas actitudes de los garzones de la Unión Chica, ahí en calle Nueva York 11. Don Carlos pertenecía a esa clase de personajes. En mis primeras visitas, su trato no demostraba indiferencia, sino cierto malestar, lo que me hacía sentir especial por no comprender aquella actitud, siempre respetuosa, como la mía.
Regularizando mis visitas en Bulnes 245, nos fuimos entendiendo en nuestra particular visión de mundo. Él me recomendaba libros, me hablaba de autores, de la actualidad, de la gente que ya no leía, aunque los libros costasen lo mismo que un café. Luego pasamos de hablar a conversar. Nos respetamos. Don Carlos salía tarde de su librería. En muchas ocasiones pasó navidades, años nuevos, cumpleaños en su local.
Oiga Don Carlos, ¿por qué tiene los libros tan baratos?
- Porque en vez de ganar diez prefiero ganar cinco.
Hace unas semanas, fecha en que recibiría algún dinero, debía pasar por la Librería Séneca donde Don Carlos me conseguiría "2666" de Bolaño. No lo hice. Hace dos semanas pasé por Bulnes 245. Por primera vez en más de cuarenta años no habían libros en su interior. La puerta de vidrio cerrada, una serie de maestros haciendo cambios en su interior con taladros, martillos y serruchos. Parecía un apocalipsis en doce metros cuadrados.
Don Carlos, cansado ya, se suicidó colgándose en el subterráneo de su local, bajo los cientos de libros que mantenían su existencia.

jueves, diciembre 01, 2005




A JUAN ENCINA ESPINOZA

Viernes 25 de Noviembre: Ese día llegué al cuartel como un cuarto para las cuatro. La B-2 había salido a la alarma de incendio forestal que se había dado en el Cerro Renca. Tomé una micro y me dirigí con ciertas dudas hacia aquel sector donde nunca antes había estado. Me bajé como a cuatro cuadras de la ladera del cerro, uno de los tantos focos de incendio. Los segundinos estaban trabajando un poco más arriba del cerro, en un sector que ya lo habían controlado.

Pasó un buen rato, hasta que el Comandante a cargo nos dio retirada. Pasamos a un grifo a llenar nuevamente el estanque de la B-2 y por radio fuimos informados que debíamos acudir en clave 0-11 al cuartel de la 21 compañía, esto significaba que teníamos que cubrir su cuartel mientras B-21 seguía trabajando en el mismo incendio. La noticia fue tomada sin mucho ánimo, ya que se deseaba llegar pronto a nuestro cuartel con el fin de estar más cómodos, luego de un duro trabajo en el cerro bajo el sol. Sin embargo partimos a cumplir la orden que se nos había encomendado. Llegando al cuartel de la 21 compañía, ubicado a algunos metros de la plaza de renca, fuimos recibidos por su director, quien nos brindó un excelente trato, ofreciéndonos bebidas y más comodidades.

Poco más de una hora después, llega B-21 a su cuartel que en ese momento se encontraba resguardado por nosotros. Habían terminado su tarea en el cerro y nos despedíamos cordialmente de ellos, mientras nos aprontábamos a dirigirnos a nuestro cuartel.

Nos esperaba un ejercicio de compañía, el cual comenzó puntualmente a las 20 hrs. Se trataba de una interesante exposición sobre el trabajo realizado por un grupo de psicólogos en torno al tema del stress laboral. Cuando el ejercicio llevaba cerca de media hora de desarrollo, comienzan a sucederse informaciones radiales que nos comenzaron a dejar cada vez más perplejos y expectantes. La atención antes prestada al ejercicio ya no era la misma en nuestro Salón de Sesiones, hasta que llegó el momento en que un voluntario pidió con cierta angustia si nuestro capitán podría informarnos sobre las noticias que ya intuíamos y lamentábamos. Nuestro capitán nos pidió que nos pusieramos de pie y que guardáramos un minuto de silencio. Con la voz afectadísima y con gran pesar espiritual, nos informaba que un nuevo martir tenía nuestro Cuerpo. La B-21 y sus voluntarios, poco después de haberse despedido de nosotros, había salido a un nuevo llamado en el mismo cerro. Queriendo alcanzar los focos ardientes que se encumbraban altos, el terreno del camino cedió, haciendo desbarrancar cerro abajo el vehículo y los voluntarios que lo tripulaban.

El capitán pidió que, dadas las circunstancias, el ejercicio fuera interrumpido. Con las imágenes de aquella reciente despedida entrechocándose en nuestro interior, fuimos saliendo uno a uno del Salón sin poder abarcar desde la imaginación lo que la realidad nos presentaba. Caras sonrientes y cansadas, llenas de la satisfacción de haber cumplido con el destino de sus voluntades, nos habían despedido poco más de una hora antes. Rostros que en esos momentos estarían sin duda reflejando otros sentimientos, pero el mismo sentido profundo.

Apenas atravesé el umbral del Salón de Sesiones, caen en su zarpaso los timbres de la Segunda "Esmeralda". Corrí escalas abajo junto con cinco segundinos más para zarpar con la B-2 hacia el destino que ahora era el nuestro. Vistiéndonos y preparándonos para enfrentar lo que viniese con el temple que nos construíamos en silencio. Puedo aseverar que esa mueblería en llamas fue finalmente extinguida de manera distinta, y es que sin duda fue exinguida con más orgullo que agua, con el trabajo profundo y radical de estar dedicando aquella labor a quienes de nuestras mentes no se apartaban, a los voluntarios veintiuninos que en ese momento nos acompañaban en el pecho.

Ese día aprendí que el espíritu segundino tiene que ver con una visión. Este tipo de circunstancias se enfrentan con dos cosas: con Hombría y con Sensibilidad, tal como nosotros, los bravos segundinos, respiramos la vida.