El esquema básico de la filosofía platónica por un lado y la aristotélica por otro me aplastó con un hecho bastante democrático en los niños en alguna época.
Yo dije que le iba a pedir tal cosa al Viejito Pascuero y mi compañero de seis años me miró como diciéndome eres un pendejo inmaduro: El Viejito Pascuero no existe!
Y yo insistí algo abofeteado por la sentencia con que sí tenía que existir, sobre todo porque mis papás decían que sí existía y también me decían que era malo mentir y se me configuraba una contradicción enorme en que estaba en juego tanto aquella divinidad geriátrica que repartía regalos en base a nuestra conducta como también el estatuto moral de lo establecido, normado en esos tiempos por las aseveraciones de los padres. Por cierto, totalmente incuestionables.
Esa tarde confronté a mis papás y bueno, el tonguito feliz había durado lo que tenía que durar.
Luego, caí en el relativismo con el cuál he luchado hasta hoy. Con la muerte del Viejito Pascuero dejé de creer en la existencia de Dios como verdad dogmática. Al menos las sospechas sobre su existencia eran potentes para mí desde esa edad y desde ese hecho. El Viejito Pascuero, quien se hacía presente en mi vida una vez al año con los regalos que me gustaban, con quien me comunicaba por carta y a quien veía en el Apumanque o en el Paseo Ahumada, era una divinidad tangible, existía. Pero una vez develado el cuento, por favor!, qué quedaba para Dios. Desde lo racional, el poder que tenía aquella divinidad era pavoroso. Castigó a sus creaturas a la primera mentirilla, mandó diluvios matando casi todo lo que había creado haciendo una limpieza media como de Segunda Guerra, hambrunas, cambios de lenguas, etcétera etcétera, pero a pesar de todo había que amarlo por sobre todas las cosas porque todo en él era bondad. Cómo no iba a relativizarlo a él, a quién nunca había visto ni con quién nunca jamás me había carteado. Sospeché del monólogo de las oraciones.
Recuerdo que en Primero básico íbamos a misa todos los días. Estando yo en mis momentos de relativismo frente al tema, y mientras nos dirigíamos a la capilla, confabulé mi conducta y me castigaron. El 'castigo' fue dejarme sin ir a misa ese día, enviándome a la sala. Recuerdo que me fui saltando de felicidad, libre para hacer lo que quisiera, solo con mi sala para mí completa. Algunos compañeros a los cuales tenía también algo relativizados, me vieron partir con envidia. En todo caso, para el 99% de mis compañeros y compañeras aquella actividad espiritual diaria era una reverenda lata. Pasábamos de estar toda la mañana haciendo cosas creativas y entretenidas a un sermón eterno y pegajoso. La cosa es que las tías se dieron cuenta de la felicidad que generó en mí el castigo y una de ellas llegó a la sala a reevangelizarme, pero centrando toda su oratoria en la generación de culpa. Debo decir que fue realmente horroroso. Todos los poderes ominosos de Dios podían en cualquier momento caer sobre mí, debido a mi imperdonable rechazo a su palabra, al rechazo a la invitación que 'Él' me había hecho de ir a su 'casa', etc. Estaba en el lado obscuro de la fuerza y me lo hicieron notar de tal forma en el discurso que casi ni pestañeaba.
Me duró la culpa un tiempo pero luego vuelta al relativismo.
Escribo esto porque descubrí que al filósofo chileno Roberto Torretti -en palabras de Jesús Mosterín "posiblemente el mejor filósofo de la ciencia en lengua castellana y uno de los mejores en cualquier lengua"- le había pasado algo muy similar con el temita del Viejito Pascuero. En el libro recopilatorio de las entrevistas que le hizo Eduardo Carrasco y que acaba de ser publicado por Ediciones Universidad Diego Portales (de pasada, tremendamente recomendable), Torretti afirma que el tema religioso -más espcíficamente el tema católico- como portador de la verdad había caído en fuerte desgracia al enterarse de la no existencia del obeso del Polo Norte. Fue el primer paso que tuvo en el interés que luego cubriría profundamente gran parte de su vida: la filosofía de la ciencia y el estudio de la historia de la verdad.