Mientras construían el Metro y la alameda parecía presa reciente de varias bombas de racimo todos reclamaban.
La locomoción pública de esa época no tenía ninguna fiscalización, los exámenes técnicos eran irrisorios. Una de las cosas que más me acuerdo era que llevaban sus ominosos tubos de escape a nivel del suelo, contaminando las veredas, matando más gente, haciendo más grises los inviernos. La gente también reclamaba.
Recuerdo claramente haber escuchado un reclamo cuando obligaron a todas las micros a tener la salida de gases verticales en la parte trasera, hacia las nubes. La persona dijo: "ahora el humo va a formar smog más rápido al irse directo al cielo".
Cuando surgen las micros amarillas con miles de numeraciones de más de dos dígitos y de recorridos laberínticos, todo el mundo reclamó.
Antes de las micros amarillas, en el tiempo del tubo de escape a ras de suelo, las micros eran de distintos colores, con variedad de carrocerías, marcas, años. Tengo un recuerdo de ellas: debo haber tenido menos de un lustro de vida e íbamos de regreso a casa con mis papás. La micro era de color verde, asientos de cuerina rasgados, sucios, respaldos rayados con signos inentendibles aún para mí. Íbamos los tres sentados en una de esas estrechas butacas. Del chofer, sólo podía observar que era gordo, tenía la camisa celeste sudada en la espalda,
gesticulaba hacia el exterior, luchaba contra la máquina. El ruido dentro de ese armatoste era infernal. Debe haber sido cerca de las ocho de la noche en aquellos tiempos de toque de queda. Subiendo por Bilbao hacia Alcalde De La Lastra, el chofer aceleraba el motor de la máquina casi hasta hacerlo reventar antes de pasar el correspondiente cambio. El embrague sin mantención hacía chirriar la caja de velocidades en cada arremetida. Bocineaba ferozmente frente a cualquier vehículo que intentara cruzarse en su camino. La velocidad que alcanzaba en momentos para mí superaba lo imaginable para ese ataud de fierro maloliente. Y yo también reclamé, llorando silenciosamente escondido entre mis padres.Hoy, como costumbre histórica, todos reclaman frente al cambio en la locomoción pública. Más de algún niño, como yo hace más de veinte años, ha reclamado de la misma forma mientras es estrujado por la masa transportada. Reclaman las viejas. Reclama el chileno medio, el vivaracho que cree sabérselas todas argumentando sólo con clichés infantiles, inmaduros, irracionales. Le echa la culpa a Zamorano, a Navarrete, a Bachelet, a Espejo. A los empresarios, al gobierno, a los antiguos gobiernos.
Le echa la culpa al empedrado. Los responsables de todo somos todos. Reclamamos sin crítica. Nunca fuimos capaces de exigir con propiedad que nos respondieran los empresarios de las micros amarillas por el robo que nos hacían con su servicio. Con sus máquinas contaminantes, ruidosas, sucias, peligrosas, miserables. Hoy en día, como dijo la crónica de un matutino, hasta Zamorano tiene la culpa de los agarrones que siempre han existido y que antes no tenían responsable alguno. Patético.
Me carga el reclamo. Me encanta la crítica. Critico no cualquier reclamo, sólo el sin argumento digno de respeto. El reclamo, como lo mal utiliza la masa, corresponde a la sexta acepción que tiene esta palabra según la Real Academia. La crítica que me gusta a mí, corresponde a la octava acepción que le da la RAE a la palabra 'crítica'.















